Con la paciencia de un verdadero killer, Mauricio Macri espera el momento en el que el poder real que llevó y sostuvo a Javier Milei a la Casa Rosada le pique el boleto. Analiza, como casi toda la política, que el proyecto libertario no logra impacto en la economía real —los salarios caen, cierran empresas, no hay mercado interno y la lluvia de inversiones no llega— y empieza a erosionar la confianza pública.
No lo dice en público, pero la idea sobrevuela cada uno de sus movimientos. El viernes, en Vicente López, rodeado por la tropa bonaerense que ahora comanda Cristian Ritondo, dejó las pistas sobre la mesa. El líder del PRO delega el barro del día a día, pero se reserva la dirección estratégica. Ya pasó la etapa de “depurar” traidores y llega el momento de reconstruir una fuerza lista para encarnar una sucesión “normal” en 2027.
A los libertarios les advirtió que no va a permitir que su partido se disuelva en la maera violeta. Al resto del sistema político le advirtió que tampoco se dará el lujo de servirle al kirchnerismo la vuelta al poder. Pero hay objetivos secundarios.
También pretende evitar a toda costa que Patricia Bullrich u otros “emigrados” lleguen a la fecha límite con chances de entregar la estructura llave en mano. Un rápido escaneo sobre la primera línea de su fuerza alcanza para entender el panorama: el único en condiciones de disputar ese lugar es él mismo.
Pero para que ese last dance sea viable, Macri juega sus fichas en el presente con movimientos silenciosos. El más urgente tiene nombre y apellido: Santiago Bausili. El expresidente se cargó al hombro una misión clave para el oficialismo: destrabar en el Senado el pliego del jefe del Banco Central, que hoy timonea la entidad de manera precaria y “en comisión”.
Bausili es puro ADN del esquema financiero de Cambiemos. Ex JPMorgan y Deutsche Bank, fue subsecretario de Financiamiento y heredó la Secretaría de Finanzas cuando Luis Caputo saltó al ministerio en la gestión macrista. Incluso compartió con su jefe el barro de los tribunales por presuntas incompatibilidades entre el sector privado y la función pública, causas de las que logró salir indemne justo antes de asumir.
Para Macri, empujar el acuerdo de Bausili en la Cámara Alta no es un favor generoso a Milei. Es la forma de clavar una pica propia, un hombre de su máxima confianza, en el corazón donde se manejan los dólares del país. Pero el cálculo es más profundo y mira el largo plazo: como el mandato de las autoridades del BCRA dura seis años, lograr su ratificación es un seguro de vida.
Si el plan de Macri para volver al poder fallara y el péndulo político trajera de regreso un eventual gobierno peronista, Bausili quedaría atornillado a la silla por al menos dos años del próximo mandato. Una jugada de manual para garantizarle un corset financiero a la heterodoxia y asegurar que, pase lo que pase, su visión de la economía mantenga un pie adentro del mostrador. Una garantía de control mientras se sienta a esperar que el reloj termine de desgastar la aventura libertaria.