El episodio comenzó cuando integrantes de ATE colocaron su bandera por encima de otra vinculada al dirigente de La Libertad Avanza, Sebastián Pareja. Lejos de quedar en un hecho aislado, la situación escaló rápidamente cuando militantes libertarios decidieron retirar su insignia y volver a ubicarla en un lugar visible, esta vez por encima no solo de la bandera sindical, sino también de la que recordaba a los 30.000 desaparecidos.
A partir de allí, el clima se tensó. Hubo cruces verbales y cánticos del colectivo de la memoria, que volvió a instalar una pregunta tan profunda como dolorosa: “¿Dónde están los desaparecidos?”. El recinto, que debería ser un espacio de debate democrático y respeto institucional, se transformó por momentos en un escenario de confrontación simbólica.
La intervención del presidente del cuerpo, que debió pedir un cuarto intermedio para intentar ordenar la situación, terminó de evidenciar el nivel de desborde. Finalmente, la sesión pudo continuar luego de que los libertarios reubicaran su bandera en otro sector.
Pero más allá de cómo se resolvió el conflicto, lo preocupante es el mensaje que queda. Mientras la ciudad enfrenta problemas concretos —económicos, sociales, de infraestructura— quienes tienen la responsabilidad de representar a los vecinos permiten que el foco se corra hacia disputas menores, cargadas de simbolismo pero vacías de soluciones.
La política, y también algunos sectores sindicales, parecen haber perdido de vista lo esencial. El Concejo Deliberante no es una tribuna de cancha ni un espacio para medir fuerzas con banderas. Es, o debería ser, el lugar donde se construyen respuestas.
Cuando la discusión gira en torno a quién pone una bandera más arriba que otra, lo que en realidad queda en evidencia es que los problemas reales están quedando demasiado abajo.