Mientras las sombrillas se alinean frente al mar y las familias buscan un respiro del año, hay un grupo de trabajadores que recorre la playa de punta a punta. Son los vendedores ambulantes, una postal inseparable del verano en Necochea, que este año observan la temporada con una mezcla de gratitud y cautela.
La sensación general se repite en casi todas las voces: hay gente en la playa, pero el consumo es más medido. “Turismo hay, pero es gasolero”.
Historias ambulantes
Nelson Saire, vendedor de pochoclos desde hace tres décadas, tuvo una mirada optimista. “La temporada viene bien. La gente viene tranquila, en familia, disfruta”, cuenta mientras destaca lo que, para él, hace única a esta playa: “La extensión, la calidad de la gente, la buena onda. Con un poco más de calor estaría perfecta”.
Para Nelson, el contacto cotidiano con los veraneantes es parte esencial del trabajo: “Me gusta estar con la gente y conozco muchas playas inclusive de otros países y como Necochea no hay. Y a este trabajo no lo cambiaría… bueno, salvo que me paguen más y trabaje menos”, dijo un poco en broma y un poco en serio.
El clima aparece como un factor determinante en casi todos los relatos. Armando Domínguez, quien nació en Paraguay y reside en la ciudad hace 17 años, es vendedor ambulante de agua caliente para el mate desde hace seis temporadas y explicó que enero es especialmente difícil. “Parecía que nunca arrancó. Dos o tres días nomás fueron buenos. Años atrás no había ni lugar para pasar, hoy eso no pasa”, comparó.
Y agregó: “La gente se guarda mucho, tampoco se da el gusto de gastar tanto porque viene con la plata justa y el verano viene flojo. Además, el clima no acompañó. Si bien hay gente, esto no es nada a comparación de otros años”
Sin embargo, rescató el valor del trabajo diario: “Si bien estamos preocupados, al mismo tiempo estamos tranquilos porque sabemos que de esto vivimos y podemos llevar el dinero a casa y es un trabajo hermoso. No hay nada mejor que esto”.
Para quienes llegan desde otras provincias o localidades, la experiencia se vive con una intensidad particular. Nelson Acosta, vendedor de panchos, que viaja desde La Matanza hace 13 años para hacer temporada, coincidió en que hubo más días flojos que buenos. “Se nota cuando bajan familias grandes con todo preparado: tupper, milanesas, sándwiches. Cuando se les terminan las municiones, recién ahí arrancamos nosotros”, explicó. Aun así, destacó una de las libertades del trabajo ambulante: “Cada uno maneja su horario. Si vendes, vendes; si no, no hay plata. Cada uno es su propio jefe”.
Santiago Finamores, vendedor de cubanitos y dulce de leche oriundo de Tres Arroyos, definió a la temporada irregular pero sostenida. “Hay días que se vende menos, otros un poco más. El clima no ayudó, pero igual vamos saliendo”. En su caso, el trabajo es también una tradición familiar: “Mi abuelo, mis primos… es algo que hacemos en familia”. Esa continuidad generacional es parte del tejido invisible que sostiene la economía de playa.
Matías López, que vende pochoclos y manzanas acarameladas, cuenta con experiencia como vendedor ambulante en trenes y en distintas costas, encontró en Necochea una diferencia clave: “Es más familiar, otra onda. La gente viene a despejarse, a olvidarse un poco de la rutina”. Para él, más allá de las ventas, el entorno marca la experiencia: “De todos los distintos lugares de la costa que trabajé me quedo con Necochea porque el ambiente es más familiar, la playa es más amplia, una hermosura. Eso sin criticar a otras costas, que son todas lindas”.
Para él, que hace este trabajo hace 3 años, la temporada viene “más o menos” y explicó que si bien hay gente, en su mayoría pasan una estadía “gasolera”.
“Vine a vender y me quedé a vivir”
Entre tantas historias también está la de Roberto Capozuca, vendedor de churros, que eligió Necochea para quedarse todo el año.”No soy necochense, pero me siento así. Vendí mi casa en Buenos Aires y me quedé acá. No la cambio por nada”. Para él, el mayor valor del trabajo está en el vínculo humano: “Conversar, preguntar de dónde vienen, si les gusta la ciudad. Yo espero todo el año que empiece la temporada”.
En cuanto a esta temporada en particular, la definió como el resto de sus compañeros como de “consumo limitado” y explicó que si bien hay visitantes” la gente cuida mucho la plata. Se ve mucha vianda, comida traída de la casa. Comparado con otros años, la venta es menor”. “
Así, mientras haya alguien caminando la orilla con algo para ofrecer, la playa seguirá teniendo pulso, aun en los veranos más austeros./