

El Concejo Deliberante es el espacio donde se definen muchas de las políticas que impactan de manera directa en la vida de los vecinos: ordenanzas, presupuestos, controles y debates que moldean la ciudad día a día. Cada banca representa una voz, un voto y una responsabilidad. Sin embargo, cuando esa banca queda vacía por licencias sucesivas, el compromiso democrático se diluye y lo que debería ser representación se convierte en ausencia.
El ejemplo más reciente es el de Juan Pablo De la Hera, concejal de la Agrupación Comunal Transformadora (ACT), que acumuló excusas y licencias, dejando en claro que nunca estuvo dispuesto a ejercer plenamente el cargo para el que fue elegido. Más allá de los documentos y las fechas, lo que queda en evidencia es un problema mayor: la falta de respeto hacia los votantes.
Un concejal no solo ocupa un asiento. Es un intermediario entre la comunidad y las decisiones de gobierno. Renunciar a esa tarea —de manera explícita o encubierta— significa desoír la confianza depositada en las urnas.
El caso abre una pregunta que va más allá de un nombre propio: ¿qué clase de compromiso queremos de nuestros representantes? La política local no puede reducirse a candidaturas testimoniales ni a cargos usados como un negocio personal. El voto ciudadano merece seriedad y trabajo concreto, no licencias sin fin.
En tiempos donde la confianza en la política es frágil, el ejemplo de los concejales debería ser lo contrario a la desidia. Cada banca vacía debilita la democracia y cada ausencia injustificada se transforma en una estafa a la ciudadanía.
Asumir un cargo público implica un deber, no una conveniencia. Y si alguien no está dispuesto a cumplirlo, debería dar un paso al costado antes de pedir otra vez el voto de los vecinos.