De chico, al necochense Ezequiel Gil le interesaba entender cómo generar recorridos, crear espacios, diseñar mundos. Armaba maquetas. Con cartón creaba casas y con radiografías viejas que le pedía a su mamá hacía las ventanas. Con el Meccano, ciudades. Empezó a llevar un registro audiovisual con la primera filmadora que llegó al hogar familiar, allá por 1988. Era un regalo para su hermana más chica, pero él la apoderó para capturar pequeñas tomas de lo que iba inventando. Lo sigue haciendo en la actualidad: confiesa estar todo el día con una cámara en la mano, filmando a todo el mundo.
“Siempre me encantó todo lo que sea armar estructuras y espacios”, dice a los 42 años el arquitecto y propietario de Pacífica, un estudio que armó en 2010 luego de “años de búsqueda y de trabajo”, y que lo llevó a construir residencias para celebridades y futbolistas que prefiere mantener en anonimato.
No está solo en Pacífica. Junto a su hermano mayor e ingeniero, Félix, y su socio y arquitecto, Alexis Plaghos armaron el estudio donde hoy trabajan con varios equipos multidisciplinarios de profesionales. Construyen casas pintorescas y con estilo propio en José Ignacio, Uruguay; residencias imponentes “y de alto vuelo” en Miami Beach, Estados Unidos y Europa, y edificios a la vera del río en Asunción, Paraguay.
Gil dice que cuando empezó a tener uso de razón entendió que quería ser arquitecto. No había una herencia familiar en la elección de la carrera, pero el arte estuvo presente siempre: a través de su tía abuela, que vivía en Nueva York y exponía sus cuadros en la Gran Manzana, y de su papá, Roberto, que hoy tiene 80 años. “Es ingeniero, nada que ver, pero creo que tiene algo muy adentro que es la parte artística. Siempre me llevó por el lado de la música, siempre había un piano, una guitarra, pintábamos también con óleos, acrílicos, trabajamos mucho todo lo que es la parte artística. Después yo seguí mi camino con el dibujo”, cuenta Gil.
También remarca que Roberto jamás interfirió en sus trabajos, tampoco lo hizo en el actual estudio. “Nunca quiso influenciarnos en nada, justamente tuvimos una educación muy libre y eso es lo bueno, dejarnos crecer y armar, y hacer nuestro propio camino fue algo clave, ¿no?”, dice.
A pesar de ser el mejor dibujante del colegio, Gil coqueteó en su adolescencia con la música. También lo hizo más tarde con la naturaleza, con el mar: pensó en estudiar Oceanografía en vez de Arquitectura. Pero finalmente decidió unir todas sus pasiones en dos hobbies: practicar surf y construir –más que– hogares.
-Naciste en Necochea, provincia de Buenos Aires, ¿cuánto hay de ese lugar en tu trabajo?
Sí, mi familia es de Necochea, en realidad de Quequén [localidad que pertenece al municipio de Necochea]. Pasé toda mi infancia y todos los veranos ahí, estudié en Buenos Aires y, de alguna manera, nunca dejé de viajar. Tuve la suerte de poder conocer muchos lugares del mundo que aportaron a mi conocimiento arquitectónico. Siempre me gustó desarrollarme en áreas donde por ahí mucho no nos enseñaban en la universidad, ya que siempre se tiende a mirar más a Europa. Yo miré mucho todo lo que es el Océano Pacífico, el Índico, y toda la arquitectura hawaiana, polinésica, japonesa, y bueno, toda la zona del sudeste asiático, siempre me interesó cómo se desarrollan esas culturas arquitectónicas, entonces en mis proyectos hay mucho eclecticismo, mucha convivencia de estilos, y siempre trato de traer un poco de cada lugar a las casas que dibujo.
-¿Recordás qué fue lo primero que construiste como arquitecto?
-Sí, fue una casa en Punta del Este cuando estaba en la facultad. Tenía 22 años y se ve que la arquitectura de playa y el mar me llevaron a diseñar esa primera casa, y ahí empecé y no paré nunca de trabajar. Empecé a trabajar en el mar, en Uruguay. Siempre estuve conectado con el mar.
Previo a Pacífica, Gil trabajó 10 años para un nicho de clientes extranjeros que le pedían poner en marcha proyectos de arquitectura de altísima gama, pero exclusivos, muy privados. “Hice proyectos en China, Rusia, en Europa, en Estados Unidos y siempre estuve de alguna manera relacionado con este mundo en el cual los clientes son muy exigentes, saben lo que quieren e interpretar todo eso me hizo aprender muchísimo a la hora de formar mi propio bufete de arquitectura”, cuenta.
-Pacífica es como el resultado de años de búsqueda y de trabajo, y es un poco el momento bisagra de mi vida como arquitecto, en donde decido plasmar y mostrar todo lo que yo consideraba como arquitecto que había que compartir. Toda mi vida busqué aprender cultura arquitectónica desde otro punto de vista, más itinerante, no tan de biblioteca, y obviamente uno va creciendo como arquitecto y como diseñador, como artista y en un momento de la vida, con todo ese bagaje cultural artístico, decidí abrir Pacífica. Lo hice con mi hermano, porque es ingeniero industrial y somos muy compatibles a la hora de trabajar, justamente porque somos muy diferentes. Pacífica se crea desde un punto de vista de un estudio de diseño, de un estudio del detalle, de un estudio de la escenografía, del diseño de interiores y también funcionando como una empresa, que es lo más importante. No es solo es un estudio de arte, sino que es una empresa.
-Pacífica no tiene un estilo concreto, si bien no hay un estilo definido.
-No, justamente a mí lo que me gusta es no definirme. No tengo un estilo, no tengo un título, justamente lo que me gusta es el eclecticismo y la convivencia de estilos que creo que es lo mejor que se puede dar para resolver un proyecto arquitectónico para un cliente. Por el estudio pasan clientes de todo el mundo, pasan clientes familias, clientes que están solos; pasan clientes de una edad avanzada, clientes chicos, deportistas, empresarios, profesionales. Entonces uno tiene que estar siempre absorbiendo las necesidades, los anhelos y los sueños de cada persona que te viene a ver. Lo mejor es poder ofrecerles y ser como un intermediario entre las culturas arquitectónicas y lo que el cliente está buscando, por eso las casas que hago son todas diferentes, no son todas exactamente iguales y eso es lo lindo.
Ese eclecticismo del que habla Gil se ve en el techo estilo japonés de una casa de 350m2 ubicada en la localidad de Nordelta; en la impronta de una residencia de más de 3.000m2, bautizada Ubud por la localidad de Bali, donde el fuego, el agua y el paisajismo son los protagonistas. También en el hogar que creó inspirado en una mantaraya, en la localidad de San Martín de los Andes, provincia de Neuquén, donde si uno quisiera podría esquiar sobre el techo.
-Si bien el estudio no tiene un estilo definido, sí se puede decir que la naturaleza está presente
-La naturaleza es clave. Yo soy un arquitecto muy orgánico. Permanentemente lo digo, a mí me interesa que la arquitectura pase desapercibida y que gane la naturaleza, que se funda en el paisaje, que el paisajismo le gane al proyecto. Eso también es lo que me gusta: que el premio a la arquitectura sea que la naturaleza le gane al arquitecto. Eso hace que las casas queden increíbles, son muy escenográficas.
Gil está convencido de que la arquitectura más compleja del mundo es diseñar una residencia. Más aún que un edificio, por más pisos, departamentos, balcones, ventanas y amenities tenga.
“En una residencia entran en juego temas que en un edificio son manejados por un grupo de inversores. En una residencia está la persona que va a vivir en ese hogar. La casa, la residencia toca fibras de las personas que no sabés para dónde se pueden disparar. Uno tiene que estar preparado con el equipo para poder asimilar todo eso y transmitirlo en un plano”, agrega.
En este sentido, Gil explica que cuando un cliente llega al estudio le proponen que se describa en un papel, a puño y letra, para poder saber quién es y así llegar a conocer a la persona. “Al cliente uno debe conocerlo casi como si fuera su íntimo amigo o un familiar”, asegura.
“El ser arquitecto es una profesión de mucho ego y justamente a mi lo que me llevó a desarrollar mi arquitectura es entender que el ego hay que anularlo. Si uno no conoce, no puede dibujar, o sí, podría dibujar, pero terminaría saliendo la casa del arquitecto y no del cliente”, sostiene Gil.
Y agrega que “los primeros meses son casi de sesiones de psicología humana tratando de entender quién es la persona, la familia, el deportista, el empresario que se está sentando en frente y te está pidiendo hacer una casa en cualquier parte del mundo”.
Ahí entra en juego la paciencia –mucha hay que tener, dice Gil– porque dibujar una casa “no es sentarse, hacer dos líneas y entregarla”. “Hay que entender bien qué es lo que necesita el cliente, por eso quedan fascinados con los proyectos, porque son todos diferentes y están todos muy aggiornados. Están todos muy enfocados en la persona que se está contratando y que quiere la mejor casa, la casa de sus sueños”, apunta.
A su vez, afirma que no hay una negociación entre lo que el cliente quiere y lo que desde el estudio propone. “La verdad es que los clientes que vienen a verme entienden que quieren contratarme para que les proponga los diseños, la estética, el hilo conductor. Yo soy muy dócil en ese sentido, trato de entender hacia dónde va a casa, el proyecto y, obviamente. hay propuestas de clientes que son espectaculares y yo aprendo mucho de ellos también. Es un círculo virtuoso de información que hace que la casa sea única porque el arquitecto no es un sabio. Hay clientes que vienen con una historia, con sueños que te los tienen que transmitir y uno como profesional tiene el desafío de poder bajar todo ese deseo a un proyecto espacial, escenográfico”, explica.
-¿Cuál fue hasta el momento el proyecto más difícil que te tocó hacer?
-¡Mi casa! (se ríe). Fue complejo, sí. Queda en el mar e hicimos como 15 proyectos, los cambiamos, luego empezamos la obra y volvimos a cambiarlo. La casa la hicimos con mi mujer, Vero Jijena Sánchez, que es diseñadora de interiores y lidera el área de interiorismo de Pacífica, entonces ahí entran las cuestiones matrimoniales y de diseño, así que creo que fue la obra más difícil.
-Tenés un hijo de 9 años, ¿ya mira la arquitectura con cariño?
-Sí, está todo el día hablando de arquitectura, lo llevamos a museos, mira permanentemente cosas de arquitectura, pero le encanta el fútbol, y es surfista, como el padre. Pero no me interesa encauzarlo en nada que a él no le guste así que, el tiempo dirá.
-¿Te imaginaste que ese estudiante de arquitectura iba a llegar adonde está hoy?
-Sí, sabés que siempre quise hacer algo que llame la atención y que guste. Bueno, nunca me imaginé, no sé, ni el nombre del estudio. Pero siempre quise transmitir un poco lo que me gusta. Me gusta mucho la estética, las cosas lindas. Toda la vida me gustaron las cosas lindas, de confort. Nunca dejé que nada me desviara de ese objetivo y creo que hoy es un proceso. Para mí no es que llegaste a un lugar, para mí no se llega nunca, no se termina nunca porque es todo un misterio que se va desandando en el camino. En este caso, se va desandando con el lápiz y con el dibujo, que es lo me gusta, me apasiona. Para mí la Arquitectura no es un trabajo, la disfruto tanto como hacer surf, que es mi principal deporte y hobby, y lo que hago por todo el mundo.*Foto de La casa Pine Beach, de 350 metros cuadrados, se vincula con la naturaleza de José Ignacio
gentileza estudio Gil/Fte La Nación

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